Silbatos

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Marc Roca Gimeno

El sol reverbera en olas de alta mar donde un buque navega por aguas chilenas. En el cielo, algunas gaviotas chillan revoltosas y hambrientas. La pequeña tripulación busca una enorme isla flotante hecha de puros plásticos que por corrientes caprichosas se ha ido acumulando cerca de la Isla de Pascua. Y eso ya no puede ser, piensa Gian Carlo, que nos jodan el turismo…

Paul avista algo a lo lejos, su trabajo consiste en tomar muestras del agua cuando encuentren esa basura, cómo puede ser que cueste treinta veces más reciclar bolsas que producirlas de nuevo. Y es tan cómodo en el supermercado pagar unos pesos más y llevarte dos o tres.

Julia grita con los prismáticos que hay algo enorme allí flotando, y brilla mucho. Gian Carlo toma el timón y gira con fuerza. A Julia le encantan los peces grandes, su organización protege los mamíferos marinos y últimamente han encontrado altos niveles de plástico en la sangre de varios delfines machos. Ella daría parte de su sueldo para que estos animales se salvaran, pero tal vez sea demasiado tarde.

Gian Carlo hace sonar su silbato, por fin lo han encontrado, qué asquerosidad piensa Paul, qué carajo saldrá de esa porquería, las órdenes son, una vez tomadas las muestras, remolcarla como puedan hacia Valparaíso y ver qué se puede hacer después, pero esa mierda gigantesca no parece ceder terreno.

Los tres están mirando con sus prismáticos y no pueden creerse lo que está ocurriendo. A lo lejos, hay como un palo clavado que sostiene una bandera, alguien lo debe de haber puesto allí, qué grotesco. Ninguno de ellos consigue ver bien lo que hay en su imagen. Gian Carlo quiere arrancarlo todo de cuajo, qué rabia esa broma, maldito el gracioso que ha tenido la idea. Les dice a los chicos que sólo tardará unos minutos hasta llegar allí con el bote, pero que no puede quedarse como si nada ante semejante tomadura de pelo. Julia se monta con él sin tiempo a que escape solo. Gian Carlo no quiere discutir, así que toma los remos y pone rumbo hacia la bandera. Las palas van apartando todo tipo de residuos, Julia siente arcadas, el olor es pegajoso, el móvil de Gian Carlo está sonando y Julia lo descuelga, Paul se siente intranquilo, les pide que vuelvan lo más pronto, las olas empiezan a llegarles crecidas.

Es una boya lo que aguanta un palo enclenque que sostiene la bandera. El viento les sopla ahora más fuerte en la cara. Qué mierda es eso, grita Gian Carlo, qué es, le pregunta Julia nerviosa, una jodida ampliación, Julia por fin lo ve, un dólar norteamericano ondea sonriente.


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La broma del capital

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Ricardo Triviño Sánchez

Dedicado a todos los que pensaron
que el dinero daba la felicidad

La broma del capital


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The Big Crash

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Sweet K / Ctvo CbzaCfga

…las carreteras están pobladas por refugiados que arrastran todas sus pertenencias en desvencijados carros de supermercado y el número de bandas armadas que buscan combustible y comida se ha duplicado en las últimas semanas. La máxima responsable de seguridad ciudadana durante el estado de excepción que dura ya año y medio ha alertado sobre el incremento de asaltos a los domicilios de particulares.

Y a continuación, en breves instantes, tendremos con nosotros al antropólogo Edmund Burke...

 

Ahora sí que se volvió loco el mundo, cada vez entiendo menos lo que dicen. Una vieja como yo ya no entiende nada de lo que pasa, ni siquiera consigo apagar ese cacharro que mi yerno dejó encendido antes de irse con mi hija y los niños y que no para de dar noticias. Ahora dicen que están robando por todos lados, que entran en las casas para coger todo lo que pueden. A mí no me da miedo, el dinero que mi marido y yo fuimos reuniendo para nuestra hija, para nuestros nietos, se lo dábamos siempre a aquel señor tan simpático del banco, cuanta razón tenía: "...el dinero mejor en el banco, siempre les rentará algo para que puedan dejarle a sus nietos o hacer hermosos viajes, ya sabe, vivir confortablemente cuando les llegué la jubilación. Además, su dinero estará completamente seguro en el banco, a salvo de ladrones". Y se lo dije muchas veces a mi hija y a su marido antes de que se fueran, que ese dinero era para ellos, que podían cogerlo. Pero decían que no, que ya no podían cogerlo, que ya no estaba y que tenían que irse. Mi hija siempre fue muy suya y su marido también pero a mí me sigue doliendo mucho el que me rechazaran el dinero, el que se hayan ido hace ya tanto tiempo y aún no hayan vuelto...


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Los siete colores capitales

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Ricardo Triviño Sänchez

Rojo como uno de 10

Azul como uno de 20

Marrón como uno de 50

Verde como uno de 100

Amarillo como uno de 200

Morado como uno de 500

Negro como el futuro


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Cuando Rockefeller hizo los bancos, pensó en América

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Madame Blavatsky

A Margaret, del Chase Bank

 

América es mucho más grande

De lo que nunca imaginé.

 

América te cobra mucho más

De lo que nunca imaginé.

 

Con sus bills interminables,

Con las tips obligatorias,

Los depósitos de luz,

Que no nos engañemos,

No son luciérnagas,

Son sucias ciénagas.

 

Pagas sonrisas,

Y pagas birras,

Open accounts,

En todos los bares;

Pero hay papel

En los retretes

(Eso es de agradecer).

 

América es tantos quarters

Como puedas descambiar

Para el laundry,

Sin eso,

Eres un homeless, un hobbo,

Eres un panoli, un bobo.

 

América es una tarjeta de plástico,

Slide your card, please,

Slide it fucking again,

Wanna get your cash back?

 

Ei Ti Ems everywhere,

Que te cobran por todo,

Y nunca llevas cash,

Y usas cheques sin fondo.

 

En este banco inmenso de mi envilecida América,

Es Margaret quien vela

Por mi vida y mi renta.


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Teletienda Esquince

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Hatsue

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Recreación artística. No incluye cielo estrellado


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Sentido y sensibilidad ultraliberales

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Ricardo Triviño Sánchez

Como se sabe, los negocios pueden dar dinero, pero la amistad raramente lo hace.
Jane Austen

–Ei, Liz. William me dijo que estabas aquí.

–Hola, George.

–¿Puedo sentarme?

–Es gratis.

–¿Cómo te encuentras?

–Imagínate cómo te sentirías tú si te acabaran de despedir.

–Ya... menuda mierda. En fin, sólo quería decirte que, para cualquier cosa que necesites, estoy aquí.

–Muchas gracias, George.

–Mira, para empezar, si quieres, ya no hace falta que me devuelvas lo que me debes.

–¿Lo que te debo? ¿Qué te debo yo a ti?

–Hombre, pues, ya sabes, en marzo, en la cafetería, cuando te dejaste la cartera.

–No me jodas.

–¿Qué?

–No me creo que me estés echando en cara ahora que te debo un puto euro de un día que te pedí que me pagaras el café.

–No, mujer. Si justamente te digo que ya no hace falta.

–¡Un puto euro! O sea, yo me he hartado de invitarte a comer a mi casa, y me estás echando en cara un euro de mierda.

–Bueno, bueno, no te pongas así. Que tú no eres Zapatero y aquel café costó uno con cincuenta, que era con leche.

–¡Que te regalé el puto aspirador ése de agua cuando te mudaste!

–Pero, Elizabeth, no estamos hablando ni de regalos ni de invitaciones. Aquello fue un préstamo porque estabas en un momento de aprieto.

–¡Que te la chupé cuando me dijiste que tenías leucemia y estabas a punto de morir!

–¡A ver si yo ahora voy a tener la culpa de que en la seguridad social sean unos inútiles!

–¡Un puto euro! Mira, sabes lo que te digo, que aquí lo tienes, que te lo puedes meter por el culo tu euro de mierda!

–Tranquilízate. Dios, ¿por qué no vamos a hablar dentro? Estar en este escalón me está dejando el culo dormido y congelado.

–Lárgate. ¡Fuera de mi vista!

–Vale, me marcho, porque sé que eso que dices no lo piensas realmente, que todo es fruto del mal momento que estás pasando. Y para que veas que no te guardo rencor, para que veas que esas lágrimas no valen la pena, me llevo el euro pero te perdono los cincuenta céntimos.


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