Teruel no existe

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Ricardo Triviño Sánchez (texto)
y Sonia (fotos)

Aún no sabe cuál es la palabra en búlgaro para describir su estado de ánimo. Ignora incluso si la conoce en su propio idioma. Dos meses atrás, cuando tomó con incertidumbre el avión para venir, sabía casi tanto como ahora. Su problema no ha sido el viaje o la lejanía. El inconveniente ha residido más bien en el dónde. Sus dudas, sin embargo, se esfumaron nada más aterrizar. Todo lo que podía ser, era. Al sentarse en el autocar con destino a su nuevo hogar durante los próximos seis meses, había asumido que, si la vida era un libro, ella se encontraba en el margen de la página de créditos.

Como nunca le habían pagado por dar clases en un colegio, cuando le ofrecieron la beca, y viéndose sin trabajo, la aceptó a pesar de su propia reticencia. Un par de días después de su llegada, empezó a impartir clases de lengua. La experiencia no es estrictamente negativa. Entre los adolescentes a los que enseña, los hay aplicados y serios y los hay que podrían ser sordomudos y no importaría. En los cursos iniciales necesita un intérprete, que es algo parecido a hablar a través de una cañería en cuya boca de salida hay un grupo de muchachos agazapados junto al suelo. En el instituto, las aulas y los pupitres son rectangulares y enormes. A menudo oye el eco de su voz regurgitado por las paredes viejas y siente que se marea.

Foto de aula escolar en blanco y negro

El edificio parece una cárcel reformada. A menudo imagina a los estudiantes vestidos con uniformes de rayas como en los dibujos animados. Ha llegado a reírse mientras los visualizaba como presidiarios pero ninguno parece haberse dado cuenta. Ha habido momentos en que se ha abstraído tanto que ha salido de su cuerpo y ha contemplado la escena como si fuera un fantasma. Recuerda haber mirado en este estado el rostro impenetrable de cada uno de los alumnos y haberse preguntado si la respetaban o valoraban de algún modo, si le tienen estima o bien la ignoran. Se ha dado cuenta de que la respuesta no cambia un ápice el sentimiento que alberga en su interior. Ni la mejora ni la disminuye.

Es probable que todo tenga que ver con ella misma. Se siente ajena en este país. No tiene, sin embargo, demasiada conciencia de la madre patria. Le vienen a la cabeza, eso sí, lugares, espacios. Piensa, sobre todo, en Berlín, donde nunca nació y donde apenas estuvo noventa días malviviendo, con cambios de domicilio constantes y desocupada. Suele practicar la lengua alemana para no olvidarla. Recita en voz alta en el dormitorio del apartamento que le consiguieron desde el instituto. Canta "O Tannenbaum" estirada en la cama. Con su casero no puede comunicarse y necesita la ayuda de los otros profesores. Aunque son amables, lo que siente dentro no deja de crecer. Es una barrera invisible que la rodea cada vez más.

El pueblo está lejos de casi todo. Las grandes distancias son lo más cercano. Da paseos por el extrarradio para hacer fotos. Hay un árbol en medio del camino, retorcido y estoico, que le genera compasión pero también cierta admiración y envidia: resiste. ¿Aguantará ella? Hasta hace una semana parecía fácil, pero Stephen ya no está y se ahoga. No es su nombre real, ni siquiera su apodo. Lo sacó de su nick, Steppenwolf. Seguía su blog hasta que lo cerró el lunes pasado. También era un docente exiliado como ella aunque, en su caso, en una diminuta aldea de su querida Alemania. A diferencia de ella, la tierra germana no era ningún amor para él.

Foto de fachada de edificio en Berlín

Stephen se dedicaba a lloriquear como una niña en su bitácora, una o varias veces al día. No era un llanto lastimero porque mezclaba la tragedia con la comedia pero a menudo desbarraba. Lo descubrió dos semanas después de llegar al nuevo país. Consiguió condensar en cuatro días los seis meses de vivencias de su compatriota. Hablaba del horror que ella empezaba a experimentar. La soledad, la angustia, la incomprensión, el absurdo, la desubicación, las ganas de chillar sin motivo aparente, el entumecimiento, la afonía, se mezclaban en un único estado de ánimo, en una forma de ser.

Nunca ha sido la persona más alegre ni más enérgica de sus grupos de amigos. Se comporta habitualmente como una persona flemática. Sin jamás haberse tomado en serio los tópicos del nacionalismo, ahora se ve asaltada por frases como "mi país" o "mi casa", expresiones tan románticas como extraterrestres para ella. Le ha llegado a brillar el dedo de tantas sesiones maratonianas soñando con su ex y con la Dietrich, en quienes suele pensar y desahogarse. Igual de encendida le queda la yema tras incontables horas de clicar obsesivamente sobre enlaces que la alejaran de su apartamento, cuarenta años atrasado en el tiempo con sus paredes de papel verde y su cuadro de caza colgado sobre ellas.

Todo es viejo aquí. El polvo podría ser prehistórico. La estación es del paleozoico y las viviendas abandonadas son el leitmotiv de esta sinfonía derrotista. Todo en este lugar es un "fue". Los restos de los cromañones se acumulaban sin remedio sobre las estanterías porque, a pesar del aburrimiento, no limpia, sólo navega. Se dedica a visitar los periódicos españoles y alemanes, recorre las galerías de fotos de Flickr mientras sube las suyas, lee los blogs habituales donde nunca contesta, gasta las horas en Facebook poniendo estupideces como el resto del mundo. Prueba a ser original o, como mínimo, alguien. Cuando no puede más, sale a hacer fotos de las zonas despobladas.

Hasta ahora los movimientos dentro de la insondable red, arbitrarios como podían ser, siempre la habían conducido a la página de Stephen. Parecía que siempre iba a estar ahí. Cuando el lunes de la semana pasada visitó la bitácora, su amigo virtual, con el que nunca había cruzado palabra pero a quien había podido sentir más cerca que nadie durante casi treinta días, cerraba su singladura de más de medio año con una escueta entrada: "Se acabó. Me vuelvo con mis padres". Era un mensaje patético, un patetismo cuya confesión no podía venir de otro rincón que no fuera el de la perdición y la desesperanza.

Capa de hielo agrietada

Imaginó al pobre Stephen, freak, desviado social, anormal, con su barba mal afeitada, sus gafas de culo de vaso, sus granos, su camiseta con instrucciones impresas para practicar el fist-fucking, su barriga cervecera, sus piernas demasiado fofas o, por contraste, demasiado enclenques, metido en su habitación de adolescente, su Museo Ghibli, su sanctasanctórum deprimente, mientras su madre entraba y le pedía que apagara el ordenador porque la cena estaba lista. Vio a un hombre adulto enfundado en un traje que le iba ridículamente pequeño, como un cuarentón en crisis pero todavía más miserable.

A los dos días descubrió lo mucho que necesitaba sus párrafos de perdedor. Deseaba con todas sus fuerzas que su madre, al verlo desembarcar, lo devolviera de una patada al pueblo alemán. Todo se volvía más incomprensible si no sentía que lo estaba compartiendo. Las cosas se agravaban o aceleraban como hacen los camiones de fuel cayendo por un barranco. Los alumnos parecían tener caras más grises o memas, dependiendo de cada cual. Este viernes, una chica llegó a decirle que le gustaba mucho como profesora, que la quería. Creyó excitarse unos segundos pero luego todo volvió a estar en calma.

Los profesores que le hacen de médium lingüístico parecían esta semana más agotados que nunca, que lo hacían a desgana y, probablemente, mal. Además, las noches han comenzado a hacerse más largas, más oscuras y más frías, al contrario de lo que cabría esperar en esta época del año. La guinda ha sido un paquete que llegó de Polonia de parte de un compañero que conoció en la universidad con el que suele hablar a través de Facebook. Vive en Varsovia, dominó el idioma polaco en ocho meses y su trabajo como maestro le satisface enormemente. Es feliz y lleva cerca de tres años siéndolo.

Él también siente de tanto en cuando una nostalgia honda pero no se puede comparar con la sima que tiene ella entre los pechos. Lo peor de su fosa abisal es que no sabe a dónde conduce. Él es un tipo poco habitual, extravagante en ciertos aspectos. Se reúne con un grupo de meditación semanalmente. Cuando intentó abrazar el veganismo acabó volviendo a la carne, devorando raciones el doble de grandes. Sorprendentemente, fue entonces cuando empezó a adelgazar. Unos días es respetuosamente sensato y otros no da pie con bola. El consolador que llegó el viernes por correo debió de ser un regalo que se le ocurrió en uno de esos días.

Foto de cardo

Fue a recoger el paquete por la mañana antes de ir a la escuela. Luego, tuvo que pasearse con él el resto del día, oculto en una bolsa. Lo tenía bajo el escritorio cuando la alumna le dijo "Te quiero" en su español aséptico. Era muy guapa pero a sus pies había una calabaza con forma de pértiga fálica. Por la noche, al preguntarle a través del chat qué coño significaba aquella cosa enorme, enormísima, su amigo respondió: "¡¡¡Sorpresa!!!". "WTF?" tecleó ella, pero él no entendió el acrónimo.

El obsequio, en realidad, no era algo para penetrar sino para ser penetrado. Su nombre era "koteka" y era un adorno genital que vestían los hombres de algunas tribus de Nueva Guinea. Le preguntó cómo podía haber pensado en regalarle algo así. Él respondió que, como la había notado alicaída en las últimas conversaciones, pensó en enviarle uno de los dos koteka que le había traído de souvenir un compañero de la meditación. Creyó que le daría fuerza. El se ponía el suyo cuando estaba en casa y notaba al instante como su confianza crecía.

Después de terminar la absurda conversación, metió el souvenir en un armario y se fue a dormir. Esa noche no tuvo pesadillas con Stephen, no soñó que era ella la fracasada que volvía con sus papis vistiendo una camiseta que mostraba, en tres pasos, cómo introducir un puño en la cavidad anal. En su lugar, sufrió el asedio incesante de miles de kotekas que intentaban perforarla. Tras mucho correr, alcanzaba un lugar seguro donde se encontraba con su ex. Al intentar abrazarla, ella le confesaba que se había vuelto vegetariana.

Se desveló sobre las siete, pero no estaba sudada sino que le dolía el hombro derecho. A esa hora ya debería de haber salido el sol pero, en cambio, parecía que el Eyjafjalla hubiera entrado en erupción de nuevo y justamente en mitad de aquella ciudaducha desangelada. Pasó el sábado sin pena ni gloria. No salió de casa. Cantó "O Tannenbaum" estirada sobre las sábanas a pleno pulmón hasta que consideró que era una canción de mierda. Leyó un libro que debería haber sido La náusea de Sartre o alguno por el estilo para que todo esto tuviera sentido pero en su lugar se dedicó a repasar un manual de fotografía.

Más por desidia que por necesidad, intentó masturbarse infructuosamente con Christina Rosenvinge. En la fantasía, ambas fumaban sentadas en el suelo de la habitación. El humo es muy cinematográfico aunque lo odie. En un momento determinado, Christina le preguntaba si quería que le cantara una canción de su último disco al oído y ella, firme, la agarraba del cuello y le exigía que no estropeara el momento. Se estaban revolcando por el suelo hacia el colchón cuando sonó el ruido metálico de algo que caía y todo se fue al traste.

Apenas comió y echó dos veces la siesta. En el primer sueño estuvo con Isabel Coixet, que no paraba de repetir "Tenemos que salvar el mar Aral, tenemos que salvarlo". En el segundo, tras la malhadada paja, se le apareció la Dietrich, pero se acabó transformando en Fernández de la Vega y, luego, en otros monstruos distintos que convirtieron el descanso en otra pesadilla. Con el sueldo que recibía, y por despecho con la nevera vacía de casa de sus padres, tenía la despensa llena de porquerías. Mató el tiempo comiendo cereales, patatas, caramelos, bollos. Ayer fue un día muy largo. Cuando terminó el manual, dio vueltas en la cama hasta que se durmió.

Hoy se ha despertado con un sol radiante. No ha tenido pesadillas ni ha imaginado nada extraño ni bueno. Se ha preparado un chocolate con nubes, se ha vestido, ha metido en una bolsa el koteka, ha cogido la réflex y se ha dirigido a las afueras. Ha ido como accionada por un programa informático, como la marioneta de un titiritero. Igual que ayer, evita pensar. Quiere dejar que el tiempo la atraviese como el agua atraviesa un colador. Como su amigo suele decir, no hay que atrapar los pensamientos sino dejar que se escapen.

Paisaje de Kyustendil, Bulagaria

Es más fácil de decir que de hacer. Ayer antes de acostarse pensó en cuando salía por las noches sin preocuparse de nada. Aquí es imposible. Debe esquivar los bares donde vayan los estudiantes, y ésos suelen ser los mejores. No quiere mezclarse con ellos porque le resultaría demasiado raro e incómodo. Se vería obligada a mantener las formas mientras tratasen de comunicarse con ella en su lengua materna, de esa manera que la repiten ellos, como si estuviera grabada en un contestador. Y debería estar sobria. Sería una tortura.

Atraviesa las calles, que no están completamente desiertas. Siempre hay alguien espiando la soledad. El koteka le roza la pierna. ¿Cómo pudo ocurrírsele? ¿Qué hubiera pasado si alguien lo hubiera visto? Peor que la indignación hubiera sido la gracia que hubiera podido haber provocado, que cada día del resto de su estancia le hubiesen preguntado o hecho bromas acerca del príapo. Hubiera tenido que soportarlas o seguir el juego. ¿Para qué destapar nada? ¿Para que arriesgarse a empeorar los más de tres meses que quedan?

Con las dos profesoras que más ha conversado sabe que no llegará más allá del colegueo en el departamento. Una de ellas dejó caer cierto comentario homofóbico, nada exagerado, algo "normal", pero enrareció bastante la relación que tenían. La otra, por su parte, se enorgullecía de tener un conocido árabe que "no era mala persona". ¿Cómo hablar sin tapujos? ¿Qué opinarían? Existe un silencio enfermizo sobre el tema. Ansía olvidar este lugar, hacer borrón y cuenta nueva, saludar la indiferencia, dejarlo como un mero punto sobre su currículum. Pero tampoco quiere convertirse en Stephen.

Le han explicado que en primavera este páramo reverdece y se llena de flores. Todavía no ha brotado ninguna. No sabe si es como en su país, si aquí marzo es el comienzo de la primavera. Ahora mira y parece poco probable. El cielo, que de buena mañana estaba despejado, se está nublando. Es como si los momentos que ella consideraba de bajón en su país aquí fueran el estado habitual. Allí juzgaba que estaba viendo las cosas peor de lo que realmente son. Ahora duda si no es lo único que hay. ¿Y, si en vez de malo, resulta que el mundo es extraño, ajeno? ¿Y si lo bueno es, en realidad, el color rosa de los cristales de las gafas que nos ponemos para sobrevivir? Contempla el omnipresente paisaje. La ciudad se ve a lo lejos. Entre los edificios y ella puede ver el árbol retorcido y solitario junto al camino, resistiendo.

La última vez que vino a hacer fotos el lago estaba helado. Una fina capa cubría el agua. Hoy está resquebrajada. Las montañas, como en un lienzo, se presentan imponentes en el fondo de la escena. La naturaleza puede no parecer tan miserable como las ruinas de una civilización pero no deja de ser desoladora. No nos comunica que hemos fracasado pero nos anuncia, en su omnipotencia, que sin duda vamos a hacerlo. ¿Cómo detener un tsunami o un terremoto? ¿Qué manos pueden recoger esos fenómenos y guardarlos de nuevo en un cajón?

Hay una hostilidad inherente en las malas hierbas. Hemos tendido a reafirmar ese enfrentamiento con las máquinas de cortar el césped. Hemos convertido los alimentos en profilácticos falocéntricos que nos hacen ilusionarnos con un control y un poder inasibles. Mira el trofeo papú fuera de la bolsa de plástico y se pregunta si es culpa de los hombres, y se acuerda de su ex y admite que cualquiera puede ser una hija de la gran puta, de amarte y abandonarte como si nunca hubiera habido nada especial, y quedarte sola en Berlín sin trabajo ni conocidos; y pese a todo, seguir soñando con ella y con la capital, como si pudieran devolverte lo que te falta por todos los rincones del cuerpo.

¿Es esa siempre la única razón? ¿Es esto tan simple como un guión de Hollywood? ¿Acaso se soluciona todo con una valla y un jardín? Llena el koteka de piedras y lo lanza hacia la grieta en el hielo preguntándose dónde narices queda Nueva Guinea. ¿Cerca de Tailandia? Es imposible porque siempre que piensa en Tailandia la sitúa entre Suecia e Islandia con la forma de la península de la India. Nunca podrá reprocharle a nadie el cero en geografía en primero de bachillerato.

La calabaza se queda en el borde del hielo. Puede verla cualquiera. Deja la réflex y la bolsa en el suelo. No debe hacerlo pero se acerca para empujar la cosa al fondo del lago. Avanza con cuidado, lentamente, hasta que súbitamente el suelo cede y la hortaliza y ella se hunden. Rápidamente saca la cabeza. El frío del agua es como el puñetazo de un gigante. Procura agarrarse pero la fina capa se rompe cada vez que ejerce presión. Siente las piernas pesadas. Ve algo. Entre las nubes se cuela un rayo de sol. La ciega. Cree ver un rostro.

No es un anciano. Es una especie de mujer con cara de perro. Es la teósofa Helena Blavatsky, lo cual es una imbecilidad. Delira. Sigue intentando agarrarse a algún sitio. Le pregunta a alguien por qué ella, qué sentido tiene todo esto. Obviamente, no le pienso responder. Se afianza por fin a un trozo que no cede. Sube de lado como vio en una película y rueda hasta la orilla. Su pecho sube y baja como el mar. Ha estado a punto de morir. Y sólo tenía ganas de una cosa mientras me llamaba. Mira hacia el cielo pero las nubes vuelven a ser compactas.

Cuando recupera el aliento y su corazón se calma un poco, se levanta. No puede quedarse ahí, debe volver a casa, cambiarse de ropa, sentarse junto a la estufa. Recoge la cámara y, sin embargo, se demora un tiempo sacando fotos de lo sucedido. Las retocará con Photoshop, las colgará en Flickr y las enlazará desde Facebook. De vuelta, se cruza nuevamente con el árbol solitario. En lugar de saludarlo como la gran alegoría que es, tropieza con una de sus raíces. "мамка му!" grita con toda el alma, y a punto está de caer de bruces al suelo. Pero aguanta.

Metáfora del tesón


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